M CARMEN RODRIGUEZ RENDO
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contacto info@mcarmenrodriguezrendo.com Senderos de pena blanca

Texto presentación Casa de América

Como “es de bien nacidos ser agradecidos”, voy a empezar por agradecer.

Gracias a todos por acompañarme hoy aquí.

Gracias a la Casa de América, a la Embajada Argentina, especialmente a Jorge Alemán, amigo y colega, por su gestión para hacer posible este acto.

A Malena Alterio, Isabel Olavide y José Mª Prado, por participar con entusiasmo y generosidad en esta presentación.

Gracias también a los grandes poetas, y a los más pequeños, sin que por ello sea pequeño su verso.

Como no nombrar al que más ha influido en este libro: Federico, ese Federico nuestro y de todos, nuestro Lorca universal, sin olvidar a Machado, a Hernández, y al argentino Roberto Juarroz, que han hecho posible con su arte, que la poesía se haya vuelto necesaria.

Y gracias también a los que no pueden estar, porque los ha llamado la tierra, la fuerza de su deseo está conmigo.

Más que hablar de la poesía, voy a relatar brevemente, cómo he sido atravesada por ella.

Junto con Borges debo decir que, “en el infinito campo / en que muere solitario el grito”, ahí también está la poesía.

Creo que en cada verso hay un resto fecundo, un trozo de vacío que vino a colonizar el alma del hombre.

Por eso el hombre va a morir y poco importa.

Porque se entrega en la estrofa ronca, henchida de viento y de luz que será el destello de su paso por las palabras.

El hombre escribe para dejar surco, para dejar huella en el otro, para despertar al animal que lo habita.

Algunas veces, tengo la impresión que es el animal el que escribe, y le arropa en su sombra y antes de que llegue a su más íntima tiniebla, el duende le roba/sopla el grito.

La poesía es un grito impúdico.

Dejarse vencer por ella es abandonarse, como decía Machado “a su puro juego/ a su pura vida/a su puro fuego/ al ascua encendida.

Por eso, amigos esta noche os pido, que pongáis a buen recaudo mis sueños.

Y cuando paséis debajo de mi balcón de cuerdas de guitarra y veáis a mi esperanza colgada, tímida, asomándose entre sus hierros, seáis benévolos con ella.

La esperanza del verso busca una orilla porque el animal que lo anida, aún cuando se repite, viene a contar una historia de algún Quijote melancólico pintando el aire.

El animal es capaz de despertar hasta a la calavera de Hamlet.

Le pone una careta y la viste de rosa para que sorprenda a la parca y la distraiga.

“Que no me mire, madre, que no me mire” dice uno de mis versos.

Ese animal vivaz, enérgico, afanoso, superviviente rastrea las huellas de alguna verdad para ponerla del revés.

Nací en un lugar creativo lleno de poesía, en una tahona, entre el agua y la harina de una panadería.

Agua y harina ¡vaya! dos unidades prodigiosas capaces de alimentar desde el alma callada, del hambriento hasta al amante harto de agonías.

Allí en una tahona, tuve el privilegio de brotar, y allí acoge mi libro la memoria de su origen: “Senderos de pena blanca”.

Estos poemas son íntimos y cuentan historias.

Están repartidos en cuatro trayectos, el del desamor, del amor, del tiempo y del compás, este último, inspirado en otra de mis pasiones, el flamenco.

Son surcos de un tiempo vivido, que la mano de mis dioses ha tenido la misericordia de no borrar de mi memoria.

Y para que no habite el olvido quiero compartir con vosotros estos versos, que son mi heredad.

Son instantes en que he podido rozar la carne inmortal de la poesía.

Algunos dicen que escribir poesía te hace libre, no es mi caso, solo me siento libre cuando duermo; otros dicen que la poesía es balsámica, o que cada poema nuevo borra el último dolor.

Debo decir que el poema no borra, pero sí consigue que el dolor no muerda tan fuerte, desvanece el dolor del que escribe, hace que el dolor cambie de filiación.

Hace que el mal deje de apuntarse del lado del sufrimiento y devenga posibilidad.

Deja de ser final para levantarse en principio.

De ahí que hasta el silencio de la letra envuelva al que escribe y lo ponga al abrigo del olvido.

Cuando acaba el poema, el que escribe se siente dueño de su decir. Es un breve instante de bienestar en el límite de un preludio.

Por todo esto si alguna de las palabras de mi libro anidasen en los pliegues de vuestro corazón, si le hacéis sitio a la voz de lo malvivido, del renacer, del río humano que cae de piedra en piedra, nos encontraremos abajo, en los suburbios de un verso de abril, para morder juntos el fruto arrugado de la queja.

Nos encontraremos abajo, con un grito puntiagudo, al que le da igual suicidarse en una sílaba hasta quedarse sin aliento, con ese animal que grita “el duende nunca descansa”.

Por eso amigo, si mi palabra te huella... confío en que escuches tu propio eco en mis “Senderos de pena blanca”.

Por la poesía siempre….muchas gracias.

Enero de 2015, M. C. Rodríguez-Rendo

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