M CARMEN RODRIGUEZ RENDO
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¿Por qué un poema?

Para el que escribe, el poema es un gesto del tiempo.
Gesto que en la pluma del poeta, sucede y se transforma en parte. En el aspirante a serlo, el hechizo de la belleza algunas veces, lo precipita en la incertidumbre. En esos momentos, los aspirantes recordamos como un verso es capaz de condensar lo inasible de la creación. En esos momentos caemos en la cuenta de cómo la poesía rasga el tesoro hundido donde pasiones y lamentos huelen a recuerdo.

A golpe de palabra hacemos memoria y comprobamos como la poesía de Lorca, Machado, León Felipe, Juarroz, han sido compañeras de nuestro trayecto. Su poesía fragante y provocadora me ha permitido atravesar algunos misterios que tal vez, habrían sido infranqueables sin ella; porque el poema es rebelde, no admite la indolencia, está despojado del amparo que el séquito de palabras le ofrece el desarrollo de un texto. Su forma y su música agitan nuestra existencia, que se balancea entre la memoria y la muerte. El poema se desviste de todo despliegue de palabras y por eso su desnudez es una arriesgada forma de expresión.

La palabra tiene su lugar en un hilo de luz que sostiene el otro, esa luz tiene su fuente allí, en el otro. Por eso el poema responde a la llamada más íntima del hombre, por eso, aún cuando nuestro interés se suspende ante el poema, esa llamada no nos deja indiferentes.

El que escribe un poema ambiciona llegar a los huesos del otro, sabiendo que si no lo consigue, habrá al menos una gota de luz que arranque alguna astilla de su historia para que su corazón esté a salvo.

A veces me pregunto si la poesía forma parte de la literatura o sencillamente, la roza. A veces me pregunto si esto que escribo brota de mis luces o de mis sombras, o de ese punto de cruce que al fin y al cabo, me pide que confíe mis huellas a todos a los que amo.

Las piernas cortas de la verdad, las voces de la soledad numerosa, las cegueras del amor, el vacío de la razón, el aliento abierto del dolor son modalidades del lenguaje bajo la dependencia del otro, porque sólo el otro es el que legitima nuestra existencia.

Tan sólo con las migas de la mirada del otro somos capaces de transitar sus esquinas, de guardar sus bucles, de suscribir lo que de otro modo jamás habría sido dicho.

El poema sucede de manera tan efímera como un soplo y descansa en el jadeo del cuerpo. Acontece y brota por las grietas del sujeto. Nace entre el pasado y el futuro, entre ese mundo en el que nunca estuve y éste en el que dejaré de estar, porque su lugar está entre una nada y otra nada. Cuando está escrito ya no tiene casa, se ha transformado en un pasajero del tiempo.

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